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Amistad, autoridad y obediencia

Amistad, autoridad y obediencia

La amistad entre padres e hijos se puede conjugar perfectamente con la autoridad que requiere la educación.

Es preciso crear un clima de gran confianza y libertad, aun a riesgo de que alguna vez seamos engañados. Más vale que luego ellos mismos se avergüencen de haber abusado de esa confianza y se corrijan.

En cambio, cuando falta un mínimo de libertad, la familia se puede convertir en una auténtica escuela de simulación.

Pero a los adolescentes les cuesta mucho obedecer, les parece humillante... Tienen que entender que, nos guste o no, todos obedecemos. En cualquier colectivo, las relaciones humanas implican vínculos y dependencias, y eso es inevitable. No pueden engañarse con sueños de rebeldía infantil.

Pero, de todas formas, pensemos si quizá les cuesta mucho obedecer porque no sabemos mandar sin imperar. No olvidemos que hay muchos detalles que hacen más fácil y grata la obediencia:

  • Exijámonos en los mismos puntos en que aconsejamos, mandamos o corregimos. Resulta irónico escucharnos decirles que tienen que ser humildes, pacientes y ordenados, si nosotros no vamos por delante con el ejemplo o, al menos, con el ejemplo en el empeño real por lograrlo. 
  • Mandemos con afán de servir y ayudar a mejorar, sin dar la sensación de que lo hacemos por comodidad personal. Que vean que nos molestamos nosotros primero. Muchas veces así ellos entenderán, sin necesidad de que nadie se lo diga, que deben hacer lo mismo.
  • No exhibamos demasiado la autoridad. No demos lugar al temor o a la prevención.
  •  Procuremos saber lo que hiere a cada hijo, para evitarlo delicadamente si es preciso. Seamos comprensivos y muy humanos. Aprendamos a disculpar. No nos escandalicemos tontamente, pues supone casi siempre falta de conocimiento propio.
  • Hablemos con llaneza y sin apasionamiento, sin exagerar, procurando ser objetivos. Aprendamos a discernir lo normal de lo preocupante o grave.
  • Hablemos con claridad, a la cara. No seamos blandos, pero tampoco cortantes.
  • Seamos positivos al juzgar y pongamos en primer término las buenas cualidades, antes de ver los defectos, y sin exagerarlos.
  • No queramos fiscalizarlo todo, uniformarlo todo. Amemos la diversidad en la familia. Inculquemos amor a la libertad, y el pluralismo como un bien.
  • Respetemos la intimidad de nuestros hijos, sus cosas, su armario, su mesa de estudio, su correspondencia. Y enseñémosles a respetar a los demás y su intimidad.
  • No dejemos que se prolonguen demasiado las situaciones de excesiva exigencia. Para ello, debemos estar atentos a la salud y al descanso para que nadie llegue al agotamiento psíquico o físico. Debemos extremar los cuidados a los más necesitados (no todos los hijos son iguales), para evitar que tomen cuerpo las crisis de crecimiento o de madurez.
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