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Lograr que nuestros hijos nos escuchen

Así como lograr que nuestros hijos nos hablen es fácil, basta con que nosotros nos sentemos a su lado, nos callemos y les dejemos hablar, lograr que nos escuchen es tarea más ardua. 

Nuestras posibilidades en este campo son tres: emplear la autoridad en los casos estrictamente necesarios; hablarles de lo que les interesa, de lo que habitualmente no sabremos tanto como ellos; y sobre todo incidir en la conversación con frases cortas reiteradas que les hagan reflexionar. 

Normalmente un niño, un adolescente tiene mucho más interés en contar que en escuchar. Y además, todos tendemos a escuchar a quién nos da la razón y está en nuestra longitud de onda. Por tanto, si somos nosotros los adultos quienes pretendemos sostener la conversación, lo más normal es que a la primera de cambio se vayan.

En consecuencia, lo que nosotros podemos hacer con eficacia es escucharles e introducir en la conversación factores breves de corrección que le reorienten.

Por ejemplo:

1 - Alabando a aquéllos de sus compañeros, o a aquéllas actitudes o hechos de sus compañeros que entendemos que son merecedoras de ello. Evidentemente, haciéndolo con desparpajo. Por ejemplo, "¡cuánta cultura tiene X, se ve que lee!" o que ha viajado mucho o que se esfuerza… Diciéndolo como quien no quiere la cosa. 


2 - Haciéndoles ver la contradicción en que han incurrido en la conversación o entre lo que hoy sostienen y lo que sostenían antes. Debe hacerse sin brusquedad. No al estilo "esto no es lo que decías ayer", sino al de "perdona, no he entendido, ¿me estás diciendo esto o esto otro?".

3 - Buscando su desconcierto al deducir la consecuencia lógica de lo que dicen, que es la contraria de la que ellos pretenden, muchas veces expresándolo a modo de paradoja. Por ejemplo, "sí, salir todas las noches de jueves a sábado es el mejor modo de sacar matrículas, estoy de acuerdo". 
 

4 - Mejor que mil ideas dichas cada una "una vez", es una idea clave repetida mil veces. Por ejemplo, "me encanta tu sentido práctico" (para fomentarlo si lo tiene o para hacerle reflexionar sobre su ausencia si no lo tiene) o "cuando acabes la carrera seguro que habrás aprendido a matizar" o "la conversación ha de ser ágil, brillante, culta, divertida, discreta"… Cuando la idea ya haya calado en su cabeza y comportamiento, pasamos a otra. Si se cansan de oír la misma frase, podemos decir lo mismo de modo distinto. Con el tiempo observaremos que las frases cortas reiteradas se les han quedado grabadas en la memoria.

CARMEN ÁVILA DE ENCÍO. DRA EN EDUCACIÓN. ASESORA PROYECTO PRINCIPE. ATTENDIS

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