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Siempre creciendo

¿Mis hijos se esfuerzan lo suficiente?

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Algunos expertos señalan el comienzo del aprendizaje de la laboriosidad en los 8 años, “la edad de los retos”, y por lo tanto, la de ejercitar la voluntad que les llevará a alcanzarlos. La laboriosidad, como las certezas, tirará de otros muchos valores como la perseverancia, la fortaleza para superar los obstáculos, la paciencia… Para el profesor David Isaacs, el niño que progresa en esta virtud es el que “cumple diligentemente las actividades necesarias para alcanzar progresivamente su propia madurez natural y sobrenatural en el trabajo profesional, y en el cumplimiento de los demás deberes”. 

La motivación: una clave importante

El análisis de esta descripción nos lleva ya a importantes conclusiones. Una de ellas, por seguir el orden de la definición, es la importancia de la diligencia como componente de la laboriosidad. Se trata, sí, de enseñarles a asumir y llevar a cabo —cumplir— sus responsabilidades; pero no por ser lo que los adolescentes llaman “un maquinita”, sino realizándolo con diligencia, que según la etimología de esta palabra, significa “con amor”. 

Probablemente, en la práctica, esto se podría traducir por “con un sentido”; con una motivación. En realidad, esto nos ocurre a todos: siempre que nos esforzamos, lo hacemos porque tenemos una razón o motivo suficiente para hacerlo. Nadie se esfuerza porque sí. Por eso, la formación en la libertad de nuestros hijos probablemente tenga que empezar por provocar en ellos esa motivación. 

Por una parte, explicándoles los beneficios que para ellos tiene lo que están haciendo: su utilidad, la contribución a su cultura, la satisfacción de cumplir el propio deber y de realizar un trabajo bien hecho, la alegría de servir, de sentirse capaces de hacer algo útil para los demás, el deseo de ir preparando su futuro a largo plazo... Por otra, descubriendo qué motivos son los que a cada cual le sirven de acicate; tener en cuenta las diferencias en este terreno es importante para acertar. 

Laboriosidad y madurez

Con el tiempo, llegarán a entender que, de entre todos esos motivos para esforzarse, el más importante es precisamente el que indica el profesor Isaacs: alcanzar progresivamente su madurez natural y sobrenatural. Todos conocemos a adultos eternamente inmaduros porque no hay en su vida un trabajo serio, esforzado, de responsabilidad. 

Por el contrario, nuestros hijos dan pasos de gigante en su madurez cuando se acostumbran, desde sus primeros años, a ser responsables en aquello que deben hacer. Pero empequeñeceríamos el valor de la laboriosidad si lo redujésemos al ámbito del estudio, que en la etapa de la infancia y la juventud, constituye su trabajo profesional. 

El campo de esta virtud es mucho más amplio, abarca todos los deberes que, de acuerdo con su edad y circunstancias, pueden y deben asumir: hacerse responsables del cuidado de sus objetos, su ropa, sus juguetes, sus mascotas; compartir el trabajo que hay que sacar adelante en casa; adquirir el hábito de aprovechar el tiempo…, y desde luego, desempeñar con competencia su principal obligación: estudiar.

En todas estas facetas, los padres tenemos una misión insustituible. En gran parte, dependerá de nosotros:
 

• Darles ejemplo esforzándonos por ser, personalmente, lo que esperamos que ellos sean. 
• Descubrirles el valor de su esfuerzo. 
• Ayudarles a concretar cada una de las tareas a las que deben aplicarse y explicárselas con arreglo a su edad. 
• Acompañarles y apoyarles con nuestra presencia, y, cuando sea necesario, inicialmente con nuestra ayuda material. 
• Dosificar lo que les encargamos, comenzando por lo que les resulta más grato y para lo que están mejor dotados naturalmente. 
• Enseñarles a examinar su respuesta y los resultados de ella y a corregir lo que puedan mejorar. Resumiendo, podríamos decir que ser laborioso es conocer los criterios de un trabajo bien hecho, contar con motivos suficiente para esforzarse y tener capacidad para hacer bien la actividad concreta. 

A su medida

Hasta los 10 años

•Puedes pedirle que realice actos que le resultan novedosos: coger el teléfono, abrir la puerta, poner la mesa, recoger cosas, coleccionar… 
• Una vez que ha perdido la ilusión de la novedad, tendrás que mantener su motivación con recursos distintos, de acuerdo con su forma de ser. 
• Siempre será eficaz apoyarte en lo que sabes que le gusta para ir exigiéndole progresivamente.

De los 10 años a la adolescencia

•Conocer el significado de su esfuerzo y las razones para realizarlo –que está ya a su alcance empieza a jugar un papel importante en su motivación. Es hora de explicarles los porqués. 
• Debemos reforzar la exigencia en sus estudios. Pero al tiempo, nos las tendremos que ingeniar personalmente para ofrecerle nuevos alicientes, como ayudar a sus compañeros con los que trabaja en equipo. 
• Responsabilizarse en casa de algo relacionado con uno de sus hermanos, le estimulará a cumplir su encargo. 
•En todo caso, siempre será positivo seguir apoyándote en sus campos de interés. Y si no los hubiera en aquello que debe hacer, incrementar la creatividad para descubrirle el lado más estimulante de ese deber rutinario.

En la adolescencia

•Aumenta considerablemente la exigencia con que debe afrontar sus estudios, y le cuesta encontrar una motivación suficiente. 
• Plantearse los estudios desde una más o menos definida orientación profesional, puede ser uno de los mejores alicientes. También lo son el interés objetivo por una materia, o conocer las metas que sus padres y profesores se proponen en su formación. 
• Aprovecha las dificultades reales con que tu hijo se va encontrando para descubrirle el sentido del sacrificio, del servicio, de la generosidad.
 

Fuente: “La educación de las virtudes humanas y su evaluación”. David Isaacs. Ediciones Universidad de Navarra, 2003. Decimocuarta edición.

Texto publicado en la Revista Signos, nº 11. 

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